Amabilidad aleatoria

La clave de la película reside en una sola frase escrita en una pizarra: “pasea la vista por el mundo que te rodea y cambia lo que no te guste”. Un niño, motivado por un profesor con el rostro y el alma lleno de cicatrices, decide tomarse la propuesta al pie de la letra y poner en acción una idea, en principio loca e ingenua, pero que acaba dando lugar a toda una trama que a nadie deja indiferente. No es mi intención desvelar más sobre su argumento, tampoco pretendo hacer crítica sobre la misma, pero llama la atención comprobar como detrás de la ingenuidad de un niño a veces puede encontrarse la respuesta más obvia. En este caso, la respuesta no deja de ser utópica, pero también tiene una base muy cierta: para cambiar el mundo, primero hemos de cambiar los que formamos parte del mismo.
Una solución sencilla a la vez que complicada; pero, dejando al lado comportamientos utópicos, ¿por qué no llevar a la práctica lo que sí está en nuestras manos?, tan sólo nos haría falta un pequeño gesto. Cuántas notas colgamos a diario del imán de nuestra nevera con el fin de recordarnos todo aquello que no debemos olvidar, cuántos propósitos forman parte de nuestras buenas intenciones al final del año o en nuestros cumpleaños; al igual que hacemos todo eso, por qué no repetirnos diariamente cada día: !comete actos de amabilidad aleatoria!, !comete actos de amabilidad aleatoria!, !comete actos de amabilidad aleatoria!... ¡A fin de cuentas, es gratis y no contamina!... Todos somos conscientes de que ese pequeño detalle no podrá llegar a cambiar el mundo, pero seguro que si podría mejorar nuestro pequeño mundo particular; y eso, en principio, ya es más que suficiente.
De ilusión también se vive, supongo que no siempre nos lo ponen fácil para responder con una sonrisa ante determinadas situaciones; de ahí precisamente lo de “aleatoria”. No se trata de convertir la amabilidad en hipocresía, ni de llevarla al límite de lo exagerado, tampoco de abusar de ella en exceso como si tratáramos de venderle la moto a alguien. La clave está en utilizarla en su justa medida, pero en obligarla a que surja de nosotros de manera natural y espontánea... Derrochar amabilidad no significa dejar de ser auténticos, tan sólo nos convierte en más humanos. ¿Por qué no seguir entonces pasando ese “testigo” y contagiando amabilidad a quien lo merece o a quien nos apetezca?, la amabilidad abre puertas, !no seré yo quien cierre las mías!.
Nunca el niño del sexto sentido derrochó tanto sentido común... Que paséis todos un fin de semana de película... !Nos vemos el lunes!.