¿Una China sin murallas?

Que complicado es a veces todo esto de las tradiciones; por ejemplo: ¿qué pasaría si pusiéramos a un turista chino en Navidad debajo de un muérdago?, ¿se dejaría arrastrar por la magia de la cultura celta y repartiría besos sin complejos para asegurarse así de que el amor perdura?, ¿o seguiría fiel a sus principios, recogería el muérdago y saldría corriendo a venderlo en el “Todo a 1€” más cercano?... Nada más lejos de mi intención meterme con los chinos; aunque, una cosa si es bien cierta, en todo esto de las herencias culturales, cada uno defiende su propio patrimonio individual de la manera que cree más conveniente.
A fin de cuentas, supongo que todo es cuestión de “territorios” emocionales… Mientras que un occidental defiende abiertamente la postura de que besarse es algo natural, ¡la comunicación más viva!, ¡el lenguaje más universal!, ¡algo intrínseco a los genes!; a los esquimales no se les va tanto la fuerza por la boca, se limitan a frotarse la nariz olisqueándose al mismo tiempo las mejillas. Los fineses tampoco es que sean muy dados a romper el hielo con demostraciones afectivas de según que tipo; aunque, en India, ¡aquello ya es otro mundo!, ¡pasan directamente a las manos!, las juntan a la altura del pecho diciendo “namaste”, que viene a ser algo así como !Hola!... ¡Vamos!, que para muchas culturas el beso no es otra cosa que un producto “importado”; especialmente en China, ya se sabe que son muchos, !y mucho más dados a la exportación!: “Cualquier pareja que se bese delante de una cámara de vigilancia durante los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 puede verse sorprendida por la policía, ya que las cámaras detectarán este gesto amoroso como secuestro o robo"… ¿Una china sin murallas?. Hoy en día, las murallas físicas puede que sean las más fáciles de atravesar; pero, las barreras emocionales, ¡eso si son ya palabras mayores!... No cabe ninguna duda, existen algo más que "murallas" idiomáticas que salvar para acceder a China y a su gran mercado de besos.
No lo podemos negar, todos, sin excepción, somos mentes “cuadriculadas”, actuamos siempre en concordancia con la educación que hemos recibido, vivimos anestesiados por nuestras muchas costumbres adquiridas con el paso del tiempo... Con un panorama semejante, ¿quién es el valiente que se atreve a juzgar los pormenores de una cultura milenaria?... ¿quién es el guapo que se atreve a ponernos multas por la nuestra?...
A nadie se le escapa que, cuando te prohíben hacer algo es justamente cuando más ganas te entran de hacerlo. Eso es algo que sabemos desde bien pequeños, nos dicen: “!no os acerquéis al jarrón!”; y, como imanes, nos vamos de cabeza con él al suelo… Aunque, ya de mayorcitos, el encanto de lo prohibido no desaparece, ¡si acaso va en aumento!... Todos nos sentimos libres, dueños de nuestra irresponsabilidad, nos gusta comportamos como inocentes niños, sin deberes, ni obligaciones… ¡Prohibido prohibir!, bonito lema si no fuera porque es la perfecta utopía del niño malcriado; cuanto más reivindican sus derechos y cuanto más hacen uso de su libertad, menos ejercen los demás los suyos propios.