Todo a babor

Yo me enfrasco hasta altas horas de la madrugada en silenciosas peleas infructuosas conmigo misma. Tú te enfrascas casi siempre en el recuerdo, olvidándote de disfrutar del momento presente que te toca vivir. Él, se enfrasca tanto en el futuro, que acaba convirtiéndolo todo en una más que improbable ciencia ficción. Nosotros nos enfrascamos en nuestras seguridades hasta llegar al anquilosamiento; digamos que, el miedo a lo desconocido, nos hace en ocasiones permanecer inmóviles frente a cualquier cambio, frente a cualquier nueva realidad por explorar. Tanto vosotros, como yo, como tú, como él, ella, e incluso ¡ellos!, os enfrascáis con frecuencia en eternos cálculos pitagóricos con objeto de poder llegar así mucho mejor a fin de mes. Ellos, se enfrascan tanto con la televisión que ni siquiera se enteran ya de cuando les estamos hablando... Sólo son simples ejemplos; pero, no se vayan todavía… ¡Aún hay más!.
Tengo la extraña sensación de que habitamos en el interior de un mundo hecho de cristal: Transparente, pero que se empaña con cierta facilidad para no dejarnos mirar más allá de nuestros propios pensamientos. Firme, pero frágil hasta el punto de poder llegar a herirnos al menor golpe y en el momento más inesperado. Aparentemente amplio, pero claustrofóbico siempre y cuando existe algún impedimento que nos impide levantar el vuelo. Accesible, pero capaz de provocar en nosotros una extraña sensación de aislamiento, al ser poseedor de pequeñas barreras imperceptibles a la vez que intransitables.
¿Nunca os lo habéis planteado?, tendemos tanto a enfrascarnos en el lado menos dulce de nuestra propia vida que, en ocasiones, acabamos incluso sintiéndonos un poco náufragos de ella misma. A tiempo parcial, nos limitamos a vivir lo más cómodamente posible en nuestra incómoda isla desierta, esperando quizás a que alguien quiera acudir en busca nuestra para ayudarnos a escapar de nuestras miserias; el resto del día, simplemente, dejamos pasar el tiempo mientras contemplamos el paisaje… ¿Por qué es tan difícil aventurarse hacia mar abierto?, ¿por qué nos cuesta tanto trabajo lanzarnos a explorar las grandes profundidades?, ¿por qué?... Supongo que asusta mucho menos escribir un sencillo mensaje de socorro en una botella y arrojarla con fuerza lo más lejos posible de la orilla; así de sencillo, lanzar nuestros pensamientos a la deriva, dejarlos que naveguen sin rumbo fijo, que permanezcan de crucero indefinido por la vida con la esperanza de que algún día acaben llegando a buen puerto.
“Salí a caminar esta mañana,
No puedo creer lo que vi.
Cien mil millones de botellas
Arrastradas por el mar en la playa.
Parece que no estoy solo en esto de estar solo.
Cien mil millones de náufragos
Buscando un hogar”
Supongo que ver la botella medio llena, o medio vacía, es sólo cuestión del estado de ánimo con el que nos levantemos cada mañana... Mec, mec… Mec…. Hagan el favor de poner atención, en ninguna cláusula de la parte contratante de la primera parte viene reflejado que una botella vacía no pueda rellenarse... A las segundas partes, ¡ni caso!, ¡por algo dicen que nunca fueron buenas!... Así que, ¿qué nos queda ahora?, pues… ¡rellenar siempre la botella!, ¡rellenar SIEMPRE la botella!.