A primera vista

Como simples cuadros decorativos, siempre existirán personas capaces de trasmitirnos ese extraño poder de atracción que cautiva nuestra mirada y personas carentes del don de comunicarnos ese misterioso “feeling” por más que insistamos en fijar en ellas nuestra atención. En general, suele bastar un primer contacto visual para formarse una idea preconcebida sobre alguien; basándonos sólo en su apariencia, en sus gestos o expresiones, prejuzgamos y sacamos conclusiones. Es suficiente con apenas diez segundos para dar un vistazo al perfil de la persona y decidir si dejamos que lo acaben pintando todo, o más bien nada, en nuestra vida… Quizás sea esa misma intuición la que impulse también a nuestro subconsciente a querer mostrar el mejor de nuestros “exteriores” ante aquellas situaciones que consideramos de importancia. Es como si el miedo a causar una buena sensación, a mostrar nuestra mejor cara, a tratar de enseñar una imagen casi perfecta de nosotros mismos, formara ya parte de nuestro ser. Él está ahí, ese miedo, nos guste o no, siempre nos acompaña.
Vivimos en un mundo lleno de réplicas, con las que normalmente tendemos a conformarnos. Sólo los buenos entendidos en arte, tienen el poder de saber cómo distinguir un cuadro original entre otros muchos, sólo un completo estudio a fondo puede acabar por desvelar la autenticidad de una obra… ¡Autenticidad!, valor en declive que se suele echar de menos hoy día… Las falsas apariencias son como los cuadros falsos, como los edificios construidos con materiales defectuosos, tarde o temprano se acaban derrumbando ante nuestros ojos… Sólo con el tiempo, tomándonos la molestia de tratar de escarbar bajo el “yeso” de esa persona que se presenta ante nosotros como la “octava” maravilla, ahondando para hacer relucir así su verdadero carácter, ése que siempre permanecerá impreso en piedra a pesar de las posibles envolturas, podremos acabar sabiendo con total seguridad si fue un acierto aventurarlo todo a una primera impresión... ¡Mucha suerte a los exploradores!.